LA POLITICA, UN MUNDO PARA LOCOS



Por: Augusto Ramírez

Hasta hace poco, llegué a pensar que mi capacidad de asombro estaba al límite, luego de escuchar a tantos y tantos políticos pronunciando discursos vacíos, sin contenido ni valor y todo por hacerse los atractivos y agradables, aunque su naturaleza sea exactamente lo opuesto.

Sin embargo, fui llevado a nuevos límites, al conocer el discurso pronunciado por la dirigente nacional del PRI, Beatriz Paredes Rangel, quien de gira en apoyo al candidato de su partido a la diputación federal por el distrito dos de su natal Tlaxcala, el exalcalde capitalino Benito Hernández, se lanzó con todo en contra del PAN.

En realidad eso no tiene nada de asombroso, pues es clara la guerra de saliva que enfrenta contra Germán Martínez, su homólogo panista. Ahí en San Pablo del Monte, un municipio conurbado con Puebla capital, Paredes Rangel dijo "que los priistas no somos reaccionarios, tal como sucede con los panistas, quienes una vez que llegan al poder, obstaculizan el progreso.

Es cierto, hasta ahí las cosas nada tienen de extraordinarias, la exgobernadora tlaxcalteca estaba en su posición de ataque antipanismo, pero el momento en que todo deja de ser ordinario, es cuando la política priista, arriba a un estado donde el tricolor no tiene nada que hacer políticamente, al ser, con muchisisisimos trabajos, una mermada tercera fuerza local y nula federal, pero además es una entidad que apagó el fuego priísta con la llegada del perredista Alfonso Sánchez Anaya y la toma por asalto del poder del (no se si lo sea en realidad) panista Héctor Israel Ortiz Ortiz, oaxaqueño de nacimiento y casi dueño absoluto de la universidad tlaxcalteca, desde donde fraguó su arribo al gobierno, claro, desde su militancia priísta, partido por el cual fue diputado local, federal y alcalde de la capital, antes de ser gobernador.

Es para volverse loco, ¿verdad? y más aún. Beatriz Paredes, cerró toda posibilidad de triunfo a su partido en el 2004, cuando en las elecciones para gobernador, echó toda la carne al asador para que llegara Héctor Ortiz, primero a la candidatura priista, pero cuando fue superado por Mariano González Zarur, Beatriz Paredes apostó todo su capital político, claro, de manera oculta y no muy discreta a Héctor Ortiz , quien se convirtió en el candidato del PAN-PT-PCDT-PJS y al final, en una elección muy cerrada, obtuvo 34.85% de los votos, contra 33.93% de González Zarur (apenas 0.92% de ventaja), sepultando por completo al PRI, que, aunque hoy gobierna la capital, no representa ninguna fuerza importante, fuera de los aún aliados del gobernador, que se encargan de hacerle el caldo más gordo.

Pero, ya... la gota que derramó el vaso, mi propio vaso, fue cuando la lideresa priísta presumió, del el ahora gobernador panista de Tlaxcala, "que quienes han estado votando por el PAN en tlaxcala, lo hacen porque se creen amigos de Héctor Ortiz, pero Hector Ortiz se hizo amigo de San Pablo, porque cuando era gobernadora, yo lo mandé" y prosigue: "y las cosas que se comprometieron en ese entonces, se han cumplido, porque las había comprometido yo". ¿pero qué eran esas cosas prometidas?

Entre otras y como parte de los discursos que por cotidianos resultan falsos, Paredes Rangel prometió desarrollo para la zona sur de Tlaxcala, mejores carreteras e impulso a la industria de la talavera, de la que San Pablo del Monte cuenta con la denominación de origen y no Puebla.
Pero también, prometió apoyar en todo momento a su representante en esa zona, a quien mas tarde seria rector dos veces de la Universidad de Tlaxcala y que ahora gobierna con los colores del PAN, su amigo Héctor Ortiz.

No cabe duda, el mundo de la política es un mundo sólo para locos o para descarados, porque ahora, la principal lidereza antipanista nacional, es amiga cercana de un gobernador panista, por el que no le importó entregar a su partido en su estado natal, sino por el que está dispuesta a seguir atizandole al fuego, donde aún hay mucha carne para asar, aunque no sea con el tricolor.

Hoy, Tlaxcala vive una especie de virreynato en manos de uno de los políticos más represores en la historia de esa entidad, el oaxaqueño Héctor Ortiz, pero esa historia es para contarse después, porque también es sorprendente.